"La casa del agua" de Ángel Marcos
09.04-28.06.2026Desde el 9 de abril y hasta el 28 de junio, el Museo Lázaro Galdiano presenta “La casa del agua”, un proyecto específico creado para la institución madrileña por uno de los artistas visuales fundamentales del panorama artístico español, Ángel Marcos (Medina del Campo, Valladolid, 1955). Compuesta por tres instalaciones en las que abundan series de fotografías agrupadas en temáticas o proyectos de investigación a largo plazo, como gusta hacer, y vídeos, la exposición se organiza en torno al agua, la casa y el viaje. Una reflexión sobre el hecho de habitar no solo como acto físico, sino como experiencia emocional en la que el paisaje, que sostiene una fuerte carga simbólica, se reconfigura en extensión de la memoria y en refugio desde el que poder comprender el mundo.
Comisariada por Begoña Torres, y con el patrocinio de la Junta de Castilla y León, Diputación de Valladolid y Fundación Caja Rural de Zamora, además de la colaboración de ADIF, la muestra -que recorre algunas de las líneas fundamentales de su trayectoria- permite construir narrativas visuales que invitan al espectador a trascender la mera observación sobre el territorio como escenario natural para conducirle a un espacio atravesado por la huella humana o las tensiones sociales, lleno de significados políticos, culturales y económicos que bien podría vincularse a conceptos como la “arqueología del paisaje” y la “memoria material”, como apunta la comisaria de la exposición, Begoña Torres. Una apuesta estética y conceptual que redefine los límites entre la pura documentación y la expresión artística y en la que el registro fotográfico actúa como preservación, interpretación y relectura. “No hago fotografía documental, mi intención se centra en la constante oferta de pensamientos a través de las imágenes: quiero ofrecer emociones, rincones del alma”, afirma el artista. Ángel Marcos, quien desde hace cuatro décadas ha desarrollado una obra rigurosa y poéticamente llena de lecturas en la que plantea una meditación estético-antropológica sobre las condiciones de vida contemporáneas. Ha expuesto en numerosas galerías y centros de arte de prestigio nacional e internacional, y su obra forma parte de colecciones como la del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofia (MNCARS), el MUSAC, el Naples Museum of Art en Florida o The Margulies Collection at the Warehouse en Miami, entre muchos otros.
La vida vinculada al agua y la tierra
En la Galería del Salón de Baile, Partir, que consta de 6 fotografías de gran formato y una vitrina con un pequeño barco realizado con corteza de árbol que conduce a la infancia del autor, apunta a una constante en el trabajo del artista: el viaje posibilitador de nuevas experiencias o la necesidad de buscar una vida mejor, como su serie sobre los migrantes africanos que llegan en cayucos a las costas españolas, La mar negra. Un mar que es espacio de tránsito e intercambio, cuyas aguas son huellas invisibles que albergan instantes de fragilidad y resistencia, historias que no se ven, pero que persisten en cada ola y cada línea del horizonte. “En este contexto, el viaje se presenta como una tensión constante entre lo conocido y lo incierto, entre el punto de partida y la posibilidad de un destino que nunca termina de fijarse”, explica la comisaria.
En la sala Arte Invitado, la serie fotográfica Casas de bombas, casas de riego (formada por 11 fotografías y un vídeo) remite a las casetas que, en la meseta castellana, albergan la maquinaria que hace posible el brote del agua en estos lugares, adentrando al público en ese escenario en el que “el tiempo reivindica la dignidad de lo cotidiano para hablar de la permanencia, de la vida vinculada a la tierra y al agua, de elementos interrumpidos, de proyectos olvidados y de la frágil relación entre el ser humano y su medio natural”, como apunta Begoña Torres, mostrando la capacidad de la fotografía para transformar lo ordinario en experiencia estética. Son imágenes del territorio habitado por Ángel Marcos, construcciones de arquitecturas sencillas cuyas formas elementales otorgan a los campos llanos una imagen de partitura, más alegórico aún cuando se suma al sonido del agua, como en el vídeo que, como una melodía mecánica, hace revivir la caída del chorro del Caño Cantalapiedra.
Una nueva forma de ver el mundo
Finalizando el recorrido, se invita al espectador a detenerse en la instalación que da título a la exposición, La casa del agua, ubicada en el Pórtico del Museo: una centenaria caseta guardabarreras que se encontraba originariamente en Olmedo, pegada a la carretera N-601. La cabaña, que alberga 14 imágenes retroiluminadas y un vídeo, es la fantasía y la esquematización de lo que imaginamos como casa, como expresa el artista, en la que se ve reflejada la dualidad, una cierta trascendencia interior demasiado atractiva como para ser abandonada, y en la que está presente la añoranza por lo errante, en un juego de recreaciones lleno de memoria. Un habitáculo de inmensa soledad donde se atisba una nueva forma de ver el paisaje y también el mundo. “Como si estuviéramos a punto de naufragar en un torbellino líquido, que tan pronto está dentro como fuera de nosotros y que, al mismo tiempo, fuera nuestro salvavidas y nuestra perdición, una fuerza que promete sostener nuestra identidad mientras también anuncia nuestra destrucción”, poetiza Begoña Torres.